sábado, 24 de octubre de 2009

LA CATARINA

ºcatarina cabrona hija de puta, como te quiero, cuanto te quiero...
ºy la catarina no volò... :(

***Leidis and yentelmen...ñores y ñoras. Con mucho gusto, la prole de Estatuario Soleado se complace en presentarles el siguiente plato fuerte: LA CATARINA. La reciente produccion fue el resultado del ensamblaje, hibridacion y otras tecnicas de mejora de lo que fue DETHBED (tambièn ya presentado en este su humilde blog). Esperemos, sea de su entero agrado. Entre otras observaciones; este es un plato vasto. Si usted llegara a sufir xerostomia, xeroftalmia, vertigo, mareos, etc en pleno ejercicio de la lectura, sugerimos interrumpirla y reanudarla posteriormente.
En buena hora, hoy estrenamos LA CATARINA, que choquen esos vasos de cerveza, cafe negro, ajenjo o whikey: SALUD! CHEERS! À SES SOUHAITES!
Que empieze la funcion, que empieze!

LA CATARINA producida, dirigida, escrita, e idea original: Estatuario Soleado
Featuring: Sadie, Viktor y la Catarina
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Ante la vista de Sadie, el cementerio se extendía enorme. Blancas lapidas y tumbas de diversas arquitecturas contrastaban con el verdor el pasto recién cortado. Atardecía. Bajo el cielo claro los pájaros silbaban volviendo a sus nidos. La gente limpiaba tumbas, dejaba flores o meditaba frente a las cruces. Sadie llevaba un ramo de flores rojas en una pequeña cubeta. Pasaba reflexiva entre el mármol y la herrería oxidada de algunos sepulcros. A veces alguien con el rostro inexpresivo volteaba a mirarla
-¿Qué pensarán estas personas? ¿Aún sentirán la muerte de aquel ser? ¿Qué habrá dentro de sus rostros? Todos sanamos diferente de la muerte… -Pensó Sadie.
El viento soplaba tenue y dispersaba los aromas de la tarde: las flores, la hierba y humedad de tierra recién regada. Tras varios minutos llegó a la tumba que buscaba. Algunas hojas secas se acumulaban alrededor de la misma.
-Viktor, Viktor, han pasado tantos años. –Se dijo contemplando el epitafio y la fecha. Aún en su mente repitió otras veces más aquel nombre.
Dejó las flores a un lado y se dirigió con la cubeta hacia una llave de agua. Se detuvo antes de abrir el grifo porque un insecto caminaba sobre él: era una catarina. Y contemplando al diminuto organismo ella regresó a un pasaje en los anaqueles de su memoria.
…Era una niña, jugaba sola en casa. Repentinamente, del cuarto de sus padres, escuchó gritos como en otras ocasiones.
-¡Eres un maldito mal agradecido! ¡¿Cómo carajo pudiste hacerme esto?! ¡¿Por qué no me lo habías dicho antes?!...-Gritaba su madre. Se escuchaban golpes y objetos caerse, la discusión continuó por más tiempo.
-¡Arréglate niña, ahora mismo nos vamos! –Gritó su madre al salir. Fueron los tres a un barrio muy pobre que Sadie desconocía, llegando a una casa de aspecto hediondo rodeada de charcos, maleza y chatarra. Los recibieron un señor y una señora. Dentro, los padres de Sadie y aquellos señores estuvieron discutiendo. Sadie jamás olvidaría cuando en la pobre sala apareció un niño de apariencia insana, más o menos de su edad, que vestía harapiento; pero lo más lastimoso era una malformación en toda una mitad de su rostro, y al caminar, cojeaba debido a alguna anomalía. El niño comenzó a llorar; entonces, apareció una muchacha que era su madre. El padre de Sadie no alzaba la mirada, su madre contenía en sus ojos rojos el llanto y el coraje. Sadie comprendió lo que pasaba. Su padre había embarazado a aquella muchacha, y aquel niño de aspecto lamentable era su medio hermano.
Sadie no supo en qué concluyó todo. De regreso, ella y sus padres pasaron a una tienda donde vendían papalotes.
-¿Quieres un papalote? –Le preguntó su madre. En realidad, Sadie no deseaba nada.
-¡¿Qué si quieres un papalote?!, te pregunto –Volvió a decir su madre.
-Si –Apenas contestó Sadie, eligiendo uno rojo.
Antes de que llegaran a casa pasaron a un gran llano.
-Puedes ir a volar el papalote, aquí te esperamos –Le dijo su madre. Obedeció porque sabía que sus padres seguirían discutiendo.
Ella volaba el papalote sin convicción. La tarde era soleada, en el llano destacaba un gran árbol del que Sadie estaba cerca. Un chico se acercó a ella, tendrían los dos la misma edad.
-Hola, ¿me dejarías volar tu papalote solo un rato? –Dijo el recién llegado.
-Hola…si, ¿por qué no?
Y el niño dejó al papalote elevarse mucho más. Sadie se estremeció y sintió que llegaría a tocar el cielo. Al seguir su vuelo se deslumbró cuando el papalote pareció disolverse en el inescrutable disco solar. Súbitamente, se soltó una fuerte ráfaga de viento, el niño perdió el control y el papalote se enredó en el árbol. Los dos se miranron, Sadie solo alzó los hombros, el niño estaba apenado.
-Lo siento, no era mi intención dejar que pasara esto.
-No te preocupes, no importa, en realidad yo no lo pedí.
Se hizo un silencio incomodo.
El chico hizo más intentos por bajarlo, pero sólo consiguió que la cuerda se rompiera.
-Ya, te digo que no te preocupes, sé que no lo hiciste a propósito.
-En verdad lo lamento, me siento tan mal, tu papalote era genial. –Y el niño se sentó cabizbajo a la sombra del árbol. Sadie hizo lo mismo, los dos escudriñaban la hierba.
-¿Y cómo te llamas? –Dijo el niño.
-Sadie, ¿y tu?
-Viktor.
-Mira, Sadie, te regalo esta catarina por lo de tu papalote. –Dijo Viktor atrapando al insecto de la hierba entre sus pequeñas manos y depositándolo en las manos de Sadie, ella rió un poco.
-Muchas gracias, ¡¿pero, y qué comerá?! –Dijo sorprendida.
-¡Tienes razón! -Dijo Viktor arrancando un pedazo de corteza del árbol-, toma esto.
-¿Pero estás seguro que comerá esto?
-Si, y si no, ella misma buscará su comida, las catarinas son listas, y esta es tan roja como tu papalote.
-Bueno…muchas gracias. Tengo que irme Viktor, adiós. –Dijo Sadie levantándose y manteniendo la catarina entre sus manos.
-Claro Sadie, adiós.
Antes que ella diera unos pasos más para volver a donde estaban sus padres, Viktor le dijo:
-Sadie, ¿vendrás aquí otra vez? ¿Mañana por ejemplo?
Ella se quedó pensativa.
-Mmm.. si vendré, nos vemos mañana, ¿te parece?
-Está bien, hasta mañana entonces Sadie –Dijo Viktor agitando una mano.
Llegando donde se quedaron sus padres, Sadie notó algo de inmediato. Estaba su madre sentada en la banqueta, con las manos cubriéndose el rostro.
-Mamá, ¿dónde está papá?
-Hija; papá hoy no regresará. –Contestó su madre descubriéndose el rostro.
Y tampoco regresó al día siguiente, ni después del siguiente. Pasaron tardes incontables en las que Sadie estuvo con Viktor y su padre no regresaba. Los padres de ella pensaron que con lo del papalote se olvidaría de todo, pero no fue así. A la mañana posterior, Sadie se dio cuenta de que su catarina había escapado…
Aquellas imágenes revivieron con vehemencia mientras Sadie contemplaba la catarina sobre la llave de agua. El insecto se movía graciosamente y sin decidirse por un rumbo definido.
-¿Qué? ¿Serás tú la catarina que me regalaron hace mucho? ¿Ahora si te quedarás conmigo? –Pensó.- Anda, ¡vuela! Y le sopló tenuemente. La catarina batió sus alas y se perdió de vista. Sadie llenó la cubeta con agua y regresó a la tumba de Viktor.
Sobre la losa se leían las inscripciones, los años, el epitafio. Sadie acomodaba las flores de una en una sin dejar que cubrieran el nombre. Se oía el rumor del aire entre las plantas; la tibia tarde se desdoblaba de a poco, de a lento, en una evolución de diversas escalas. A lo lejos algunas personas asistían a un entierro; varias lloraban.
-A algunos les cuesta más trabajo enterrar a sus muertos, no sólo en la tierra, también en el recuerdo, aunque, bueno, quizá en el recuerdo nunca los enterremos. Alguien en verdad muere cuando lo olvidamos. Al final, regresamos a la tierra lo que en vida nos dio, nos tocará nutrirla como ella nos alimentó, y de alguna manera, nosotros alimentaremos a los que aún sigan con vida, o sigan después de nosotros. Es extraño hablar de esto ahora, ahora que estoy viva, y ahora que se y he sabido que algún día habré de terminar; pero, ¿y cómo habré de terminar?, no lo sé: como muchos han terminado antes de mí, y no sé cómo sentiré el interludio, el margen, entre la vida, y lo que le sigue, “la muerte” –Pensó Sadie deshojando una flor y dejando los pétalos caer en la ebúrnea losa. -No sé como sentiré…
La tarde moría, tibio el viento soplaba. Entonces, Sadie notó que un punto diminuto pasaba muy cerca de su rostro, y percibió como al final se posó en su pronunciado escote; era una catarina, no sabemos si la anterior u otra, pero ahí estaba: muy roja y con sus naturales manchas negras.
-¡¿Otra vez tú?!, ¡¿será que por fin ya te decidiste a quedarte conmigo?! –Dijo sonrojándose un poco. Puso su dedo y permitió que la catarina se subiera. Sadie la llevó lentamente hasta tenerla muy cerca de la vista. La catarina se movía desconcertada, abría por momentos su coraza permitiendo ver su veloz aleteo. Sadie se remitió a unos instantes en que Viktor aún estaba con ella.
…El padre de Sadie nunca regresó y con Viktor sucedieron tantas cosas. Crecieron juntos, jugaron y aprendieron juntos, y de igual manera gozaron y sufrieron esta vida; sin embargo, lo que mejor hicieron estando juntos fue descubrir que juntos estando se querían. Yacían acostados en la sombra de un árbol, eran jóvenes, aquella fue una tarde de otoño y la hojarasca los recibía en un áureo alfombrado. (Sadie suspiraba, pese a estar en la tumba, aun movía sus labios y en ellos sentía a Viktor)
-¿Recuerdas que en un árbol así arruinaste mí papalote? –Dijo Sadie, contemplando el amplio follaje.
-Si, ja ja, claro que lo recuerdo, pero no parecías demasiado afectada, ¿o sí?, jamás fuiste de esas niñas caprichosas.
-No, yo no, para nada, ja ja, pero tu si te veías muy preocupado, ya querías llorar, si te hubiera dicho que treparas al árbol para rescatarlo, ¡lo hubieras hecho!, ¡estoy segura!
-Oye, a mí porque sí me importan las cosas, nunca he sido un irresponsable.
-¡Eso no tiene nada que ver! ¡ya no sabes que decir! ¿y recuerdas lo que pasó después? –Dijo Sadie, tomando a Viktor de las manos.
-No, creo que no recuerdo… -Contesto Viktor, sonrojándose un poco.
-¡Ah! ¡Claro que lo recuerdas!: ¡me regalaste aquella catarina y madera para que comiera! En realidad fue lindo.
-Bueno, yo no sabía exactamente que comían las catarinas, ni ahora lo sé, fuiste tú la que preguntó que comería.
-Sí, ya, sólo quería saber si aún recuerdas todo eso, te digo, en verdad fue lindo, gracias. –Dijo Sadie besando a Viktor en la mejilla.
-Cómo no recordar ese día, como no…
- Jamás lo olvidaré, jamás… -Respondió ella suspirando.
-También ocurrió lo de tus padres, ¿no?
-Así es, ese día papá se fue y nunca volvió. Mamá se puso muy mal, pero nunca lo reconoció.
-Lo siento mucho, cuando te acuerdas de eso, a veces siento que no tengo las palabras adecuadas para decirte. –Dijo Viktor besando a Sadie en la cabeza.
-Ya, no digas nada, con que me escuches estoy agradecida, ¿pero sabes algo?
-¿Qué cosa?
-Ese día también te conocí, creo, no fue del todo malo, sin ti no sé qué hubiera pasado…
Cuando la tristeza se erigía entre los dos, una catarina se posó en el escote pronunciado de la blusa de ella.
-¡Mira!, ¡una catarina! ¿Será la de aquella vez? ¡Quizá la haya recuperado! –Dijo Sadie. Ambos miraban como la catarina se movía casi llegando al nacimiento de sus senos, -¿y te gusta esta catarina?
-Claro que me gusta, quizá sí sea la que te regalé. –Respondió Viktor riendo.
-¿Seguro que te gusta?... ¿y solamente la catarina?... ¡A que no! –Dijo ella inquisitiva.
-No, tienes razón, solamente la catarina no, –Viktor contestó mirando las delicadas formas de Sadie-, te juro que solamente la catarina no…
Y no volvieron a reparar en la catarina. Sucumbieron al lance de cuerpos, a la sed que sufrían de sí mismos, siendo el otoño, la hojarasca y el árbol; testigos y cómplices de su afecto. Fue una conspiración de asimetrías y respiraciones, perfiladas a que se encontraran uno a través del otro, a sentir, tan solo en un instante, la eternidad en sus cuerpos…
Las imágenes y la memoria hicieron que perdiera la noción del tiempo. Comenzaba a anochecer, algunos faroles se habían encendido alumbrando con una extraña luz de cierto matiz azul que hacía refulgir singularmente el mármol de las tumbas. La catarina seguía inmóvil en el dedo de Sadie, sus antenas y cabeza apuntaban hacia la vista de ella como tratando de comunicar algo. Voló, pero Sadie advirtió que se había posado en la losa, justamente en el centro de la palabra Viktor. Sadie se reclinó ligeramente para observar mejor al organismo, sus naturales manchas negras resaltaban el rojo sangre. Y en ese mínimo ente Sadie recordó todo desde cada ángulo del pasado, sintió la fatalidad y precisión de los instantes acaecidos, donde años atrás, en los últimos momentos con Viktor, se erigió el escenario de su soledad actual. Dolorosa, y tal vez involuntariamente, protagonizó de nuevo aquella memoria sombría, aquel último diálogo en el lecho de muerte, Sadie se esforzaba por no llorar, por modificar el vertiginoso curso de sus sentimientos, sin embargo, volvía a extraviarse en el laberinto de las memorias.
…había llegado el final, el verdadero final. Nunca esperaron un desenlace perpetuo y desgarrador sin remedio; la escenografía; un cuarto de hospital, la obra: una tragedia imprevista, y del guión: se dijo lo mejor que se pudo.
(una primera lágrima corrió en la mejilla de Sadie, la catarina seguía inmóvil)
…resuello:pausa, resuello:pausa, la respiración de Viktor era dificultosa. Aquel cuarto de hospital olía a alcohol, la noche se filtraba por una ventana. Resuello:pausa, resuello:pausa, a veces Viktor tosía y se cubría la boca con un paño que se teñía profusamente de sangre. Sabían que no había mucho que decirse. Ella tenía tomada una de las manos de él, la pegaba a su rostro y la besaba.
-Estás frío, ¿no quieres que te ponga otra cobija?
-No, gracias, pero quédate conmigo, me siento tan solo.
-No temas, aquí estoy
Cada que él tosía apretaba la mano de ella, algo en su interior no le dejaba expresar bien el dolor que se manifestaba resaltando más las líneas de expresión facial, en todo su rostro se había formado una fina capa de sudor.
-¿Te sigue doliendo mucho?, puedo decirle a la enfermera que te den más anestesia y descanses un rato.
-Ya no tanto, pero no llames a nadie, no quiero dormir.
-Necesitas dormir, has pasado mucho tiempo despierto, descansa por favor. –Dijo ella, acomodándole el cabello.
-No he dormido tanto porque quiero seguir cerca de ti, porque te amo, si me duerno no se que pudiera pasar. Me da miedo dormir y no despertar.
(Sadie no podía contener el llanto, un encargado del cementerio estaba cerca, la catarina caminaba.)
-No es necesario que hagas tal cosa, yo también te amo, pero necesitas descansar.
-Si durmiera y no despertara, no te volvería a ver, ni a decirte cuanto te amo, o pedirte perdón por todo, como ahora lo hago, como ahora escucho tu voz.
-Lo sé, yo también te amo, y todo te he perdonado, no tengas arrepentimientos, pero por favor descansa.
-Gracias, en verdad me conforta más tu presencia, me ayuda a manejar mejor este dolor.
-Te digo que si te sigue doliendo mucho pueden darte más anestesia.
Resuello:pausa, resuello:pausa, su respiración se forzaba más, el cansancio era notorio en su voz.
-No es un dolor físico, es algo que no sé definir, es una incertidumbre; algo que nunca había sentido. –Viktor sufría, alguna lágrima se disolvía en el sudor, Sadie trataba de no llorar.
-Trata de no temer, voy a estar aquí todo el tiempo, si pudiera te ayudaría con esa carga, haría todo lo que fuera…
-Gracias, Sadie, por todo gracias, cuanto te amo.
-Viktor, yo también te amo, no me gusta verte sufrir así. –Le besó la mano, le secaba algo del sudor.
-Ya, no te preocupes de más, tal vez lo han sentido muchos, creo que se tiene que aceptar, has estado aquí y eso me ha ayudado. Ella lloraba discretamente.
-Te amo tanto. –Dijo ella.
-Y sabes que yo también.
-Pero no quiero que te vayas.
Resuello:pausa, resuello:pausa, entre cada respiración el silencio se prolongaba más, habían más accesos de tos, la musculatura del cuello se contraía, él adquiría posturas instintivas para defenderse del dolor físico, sus manos se crispaban, los abdominales estaban tensos, el diafragma convulsionaba el pecho.
-¡Sadie!, cuanto te amo, querida, como te amo, te aseguro estaré cerca de ti…
(Trataba de no llorar más, la catarina seguía en la losa, alguien se acercaba trabajosamente)
Resuello:pausa, resuello:pausa, pausa, pausa… todo había concluido en aquella última línea, el fino límite se había disuelto; y en el cuarto lo único audible fue el sollozo de Sadie…
“Cuanto te amo, querida, como te amo, te aseguro estaré cerca de ti..” esas últimas palabras fueron lo último que Sadie siguió escuchando, y se repitieron otras veces más hasta desaparecer en el presente. Quedaba un poco de luz, que mortecina, cedía paso a la noche que se extendía. Sadie contemplaba la catarina caminar. Deslizó la mano sobre la loza para tocar al insecto, pero este se alzó en vuelo, revoloteó un poco, y alterando su curso, tocó un instante los labios de ella; y en ese instante, único, febril, intenso, que durara menos de un segundo, Sadie sintió nuevamente los labios tibios/fríos de Viktor, la orgánica humedad, el aliento vago, la misma presencia de él; todo esto en menos de un parpadeo, aún estando en ese lecho de loza fría y naturaleza dispersa. Al final, notó como el diminuto bicho desapareció volando en el profundo cielo. Sadie salió del trance, un hombre se acercó a ella.
-Buenas noches, disculpe, ya vamos a cerrar.
-Sí, gracias; entiendo... Contestó estremecida mirando el malformado rostro del hombre, sintiendo la turbia inexistencia de lo estético; y, como en la primera y única vez, el hombre se retiró caminando penosamente, dejando a Sadie naufragar en medio del pasado.
y entonces; recordó…

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