sábado, 18 de julio de 2009

EL ULTIMO SUPER CUENTO INSPIRADO EN LA ULTIMA SUPER CANCION

DOS SUPERCUENTOS INSPIRADOS EN DOS SUPER CANCIONES : featuring la cura y el dirigible (just like heaven y since ive been loving you)
Y de los mismos creadores y productores:
EL ULTIMO SUPERCUENTO INSPIRADO EN LA ULTIMA SUPER CANCION
En buena hora (o de lo contrario) se estrena hoy la ultima parte del ciclo/saga/serie super cuentos inspirados en super canciones, a no ser que algun otro proyecto ambiocioso proceda contrariamente. A decir verdad, no todas las continuaciones de pelis son buenas, la mayoria nos esperamos lo de siempre: la risa en vacaciones, yurasic park, mision imposible, etc. Asi que esta vez, quiza usted, sabio lector, pueda pensar que se trate de otra continuacion divagada, esperamos la opinion de su alteza.
Por cierto, definio el fibroblasto, este es un cuento rosa, y que muy al contrario de AL RITMO DE UN BUEN BLUES, se puede disfrutar con todos, con niños, niñas, amigos, amigas, los abuelos, los tios, las señoras de los circulos cristianos etc, asi como en todo momento: a la hora del msn, antes de dormir, al desayunar, en la iglesia, jugando con los chicos. Si a uste le gusto crepusculo, hombrecitos, mujercitas, corazon diario de un niño, le gusta hacer nimiedades para disfrutar con su concerniente pareja los aniversarios, y escribir cuentos rosas : ESTE CUENTO ES PARA USTED!
1era llamada, primera!
2da llamada, segunda!
3era llamada, comenzamos!
ºla publicacion de esto, se hizo bajo este titulo debido a que por cuestiones estrategicas, sociales y politicas, no se pudo divulgar por el mezenller bajo el el titulo original. Usted, lector, con seguridad lo deducira.
ºdamm your eyes -virgina woolf
ºdesde hoy no temas nada, no hace falta ya, todo se fue con el huracan; nada queda de las vueltas que el tiempo nos dio, todo se fue con el huraca:::: Cierta vez, en una etilica reunion un compa conto la anecdota que en otra etilica reunion un tipo puso en la rocolo como tres series de tres canciones la misma canciòn. Por aquel amigo que contò.
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En esta gris tarde no ha dejado de nevar, sombríos árboles sin hojas y dispersas rocas negras son lo único distinguible en la inabarcable blancura. Desde la ventana veo la nieve descender, aquí en este cuarto sin chimenea acaece mi muerte en el frío, adolezco esta extraña agonía de no tener más a Angélica. La nieve es como la nostalgia, cae lento y sin prisa, ha cubierto todos estos parajes: el campo al rededor, este hogar y cada sendero de mi conciencia. Ahora que escribo esto, sobre la mesa contemplo mis fotografías de Angélica; las he mirado tanto que casi creo que estoy ahí de nuevo, siento que siento que son lo único que puedo sentir. Alguna vez caí dormido con estas fotografías muy pegadas al rostro, extrañamente, el frío formó escarcha sobre ellas gracias a mi exangüe aliento.
Me sumerjo una a una, las contemplo hasta perderme sin darme cuenta; entonces, regreso a aquella memoria, a aquel instante mágico que capturó a Angélica entre cuatro vértices. Aquí tengo una donde ella aparece completamente mojada y de pie junto a un árbol. Caminábamos juntos una tarde de verano cuando el clima empeoró. Recuerdo a Angélica estando quieta en la lluvia, yo corría hacia su corazón y ella para estar más cerca, besándonos con el cielo cayendo sobre nosotros. Lluvia diáfana sobre sus labios: probé el cielo, las nubes, a dios y me inundó la fertilidad de las mieses doradas y campos maduros, gusté de océanos lejanos, afluentes subterráneos y dóciles riachuelos, Angélica me acercó a todo esto tan solo en sus labios y se formaban cascadas imprevistas en su cuerpo.
-¿Por qué me quieres? –Me preguntó.
-No sé bien, para eso no tengo motivos tan específicos –Dije.
-¿Y me quieres aunque nos estemos mojando, aunque mañana nos enfermemos y aunque hubiera una tormenta?
-Te quiero bajo cada circunstancia y clima, es incondicional
-Yo también te quiero bajo cada circunstancia y clima, aunque cayera una tormenta o estuviéramos en el desierto, o aunque nos perdiéramos para siempre en el mar: naufragaríamos queriéndonos, y en el lecho marino descansaríamos juntos la eternidad –Dijo ella al tiempo que echaba sus brazos a mi cuello. Qué bien me quería. Seguía lloviendo.
Estas fotografías son sempiternas, son claras, trasladan mi mente a los pasajes que ya no encuentro con facilidad en los anaqueles de la memoria, y aunque traen algo de triste, también son como una bella luz extinta para recordar. Tengo otra donde ella va llegando a casa, ya había anochecido, y su sonrisa ilumina la entrada. Yo observaba su llegada distancia atrás, recuerdo a Angélica caminando suave a través de la noche, sus huellas en la tierra eran como la estela de un cometa, ella emitía cierto fulgor que jamás podré describir en cada movimiento, en cada palabra, gesto y exhalación, quizá aquella noche las estrellas la vinieran siguiendo, algunas luciérnagas volaban a su alrededor como si fueran diminutos satélites refulgentes. Angélica era más fina, radiante y blanca que esta nieve. Quizá ella era eso, tan solo nieve que pronto se fundiría, tan solo un estrella fugaz de paso en mi orbita, una sombra palideciendo hasta desaparecer o un eco propagado para morir en el silencio.
Y nos quedamos tendidos en frente de casa, contemplando el vasto universo, unidos a todo lo que había a nuestro alrededor, con los grillos cantando, las estrellas tiritando y el sedeño relente circundándonos en nuestro tálamo de hierba fresca. Contemplábamos el infinito, ella con su cabeza en mi pecho, yo, agradeciendo aquel instante efímero.
-¿Me extrañaste mucho antes de venir? –Me había preguntado ella.
-Si, mucho –Le dije yo.
-¿Qué tanto?
-Lo mismo que te quiero
-¡Entonces debiste estar muriendo!, ¿verdad?; porque me quieres mucho –Dijo ella besando una de mis manos.
-Algo así, no verte es como morir, verte, no es revivir, sino sentirme más vivo. ¿Y tú me extrañaste? –Dije yo.
-Sí, mucho, todo el camino hacia aquí. Pero en parte no me sentía tan desconsolada, porque venía caminando el mismo camino que tu caminas, porque venía oliendo el perfume de los árboles y la tarde, que es tu loción, por que observaba el mismo cielo que tu también observas; y sé que en todas esas cosas hay algo de ti, así como hay en ti algo de todas esas cosas –Dijo Angélica. Y el viento sopló, nos acarició y contó nuestra historia en todas partes de este lugar. Sus lacios cabellos se confundían con la hierba, y mi respiración se confundió con la de ella en un solo ritmo acompasado, como el del rozar del aire entre las hojas de los árboles.
-¿Entonces cuando estamos separados, también puede que estemos algo juntos? –Repliqué yo.
-Sí, posiblemente, creo que nunca estaremos separados, aunque nos distanciemos físicamente seguiremos unidos en el recuerdo, y los recuerdos, el pasado; son de las pocas cosas que en nuestra vida para siempre perduran –Me dijo ella,- aunque a veces lo quisiéramos ignorar.
-¿Pero jamás te irás sin mí, o si? Ella suspiró, ni aun yo que había formulado esa pregunta sabía bien la respuesta. Se arrellanó un poco más en mí.
-No lo sé, yo no querría, es tan fácil fraguar planes y en realidad nunca se sabe que pasará. Ahora disfruto quererte –Respondió Angélica.
-Tienes razón, yo no planeaba quererte tanto, y ahora lo estoy haciendo. No sé que haré el día en que tenga que dejar de hacerlo, o cuando ya no nos podamos ver.
-Quizá las cosas pasan cuando menos las pensamos, cuando menos lo pensábamos, comenzamos esto, y; algún día, también sin que lo pensemos, será el final –Y Angélica sintió miedo, no me lo dijo, pero lo percibí en ella al notar un leve estremecimiento en su ser. La estreché más, porque supe que en lo profundo de mí también tenía miedo de lo mismo, el final, en cualquiera de sus variantes e inevitables estaciones; el final con ella, el final de todo lo que quisiéramos que continuara, en fin, el final de la propia vida. Y así acabamos ese momento, sintiendo nuestra vulnerabilidad en un azar, en un lugar, en una nada dentro de la que no hay algo seguro; pero nos sentimos plenos, aunque sea en aquellos cortos instantes, asidos a nosotros mismos y nuestras esperanzas. Como no amar y recordar aquella noche, no me importó más que tener su fragilidad entre mis brazos, después que pasara cualquier cosa, puesto que ya habíamos vivido ese momento.
Aunque el tiempo respeta siempre su curso, son las cosas que ocurren en nuestra vida las que hacen que transcurra apresurado o lento, para mí este lapso de tiempo sin Angélica se ha hecho extraño. Algunas veces los días y las horas se suceden con lentitud, con desconsuelo, reptando lento entre las paredes de mi casa, y me invaden con melancólicas memorias y pensamientos, otras tantas, sin embargo; las manecillas y el almanaque van rápido, a razón de que llego a pensar que la partida de Angélica apenas sucedió ayer, y cuesta tanto trabajo asimilar que eso ya ocurrió, me siento suspendido entre las pasadas memorias y el presente, entonces es cuando las fotografías me permiten concebir todo objetivamente, cuando mis fotografías me muestran las fechas, y horrorizado veo cuanto ha pasado, pero de inmediato me resigno, porque entiendo que no hay nada que hacer. Hay alguna donde ella yace tendida en un diván, con su desnudez cubierta tan solo por una sabana. Había despertado luego de que yo la tomara.
-Tonto –Me dijo al darse cuenta de que había hecho, azorándose un poco y riendo.
-Hasta dormida te encuentras encantadora –Respondí yo
-Deberías estar cuidando que nada interrumpiera mi descanso, cuidándome el sueño –Me dijo Angélica trayéndome hacia ella,
-¿Y qué soñabas?
-Soñaba, soñaba contigo, que me retratabas desnuda, que nos quedábamos largo tiempo mirándonos, tan solo mirándonos, sin decir alguna palabra mientras nos acercábamos.
Reí y la abracé. Era tan cálida a pesar de estar descubierta.
-¿Y luego? –Dije.
-¡Oh! Quizá era la mejor parte, ¡pero no lo sé, me despertaste! Aunque, ¿sabes una cosa?
-¿Qué cosa?
-Ahora ya no puedo distinguir el sueño de la realidad, ¡quien me asegura que ahora mismo no estoy soñando!, ¡y que lo que estaba soñando era la realidad! Estar contigo es como un sueño –Dijo Angélica
-Y ojalá nunca despertemos –Respondí yo
-Si, ojalá, aunque puede ser que si despertamos, riamos mucho, yo te platicaré mi sueño, al igual que tú, y veremos cuanta coincidencia. ¡Y así tantas veces hasta ya no diferenciemos entre la locura y la razón, entre el sueño y la realidad!
-Lo que sea, pero estando juntos, cualquier cosa acepto.
-¿Cualquier cosa aceptas? Entonces deberíamos concluir lo que estaba soñando, –Dijo Angélica-, ¡un sueño hecho realidad!...
Y nos dijimos y prometimos tantas cosas. Poesía, humo, licores y sueños. Embriaguez, regocijo, tibieza y azar. Secuencias, trama, luz y diálogos imprevistos. Simetría, asimetría, espejos y espacio. Preludio, coda, ritmos y final. Palabras breves, líneas ocultas, y epilogo; pasado, presente, futuro y otra vez pasado para siempre…
Sin control y dirección fluyen todas estas cosas en el presente, y cuando acabo de pensar en ellas, tratando de mantenerlas vigentes, vuelven a donde deben de estar: el pasado, lo único cierto, quizá lo único que queda y podemos tener para siempre.
Con más que los ojos estudio cada imagen, cada color, en mis fotografías puedo oír la voz de Angélica. Aunque el papel sea frío y sin relieves, aún siento el sutil tacto de su piel, cada forma en su geografía y acaso la humedad tibia de su respiración cercana, hasta percibir el ultimo sabor y nimiedad en ella. Mantengo entre mis dedos otra toma, donde figura en medio de un sendero otoñal, con el atardecer al fondo muriendo y reflejándose en su piel. Había hojas esparcidas por doquier, doradas, crujientes, que entonaban una alegre melodía al recibir los pies desnudos de Angélica, y cuando el viento soplaba, algunas de ellas volaban asimétricamente, y acaso quedaban prendidas a su cabello, a sus ropas, y Angélica reía, entonces el otoño se quedaba suspendido en su anatomía, como también lo hicieron la primavera y el verano.
-Que bien te queda el otoño –Dije. Ella rió y me aventaba las hojas que tenía en el cabello.
-¿De verdad? ¿En qué estación me prefieres?
-En todas, cada una te hace tan distinta.
-¿En serio? Explícame por favor
-En primavera hay deshielo, tú te quitas tus engorrosas ropas, y estás mínima, pura, aún más real, como cuando de la tierra se derrite la nieve, entonces vemos los verdaderos relieves. En verano las lluvias rejuvenecen los campos, crecen los afluentes y la tierra se reblandece fértil para las primeras siembras, tus caricias me labran la piel, siento que de ti me inundo cuando me besas –Dije, y Angélica echó en mis labios una de esas semillas.
-¿Aja?, ¿y cómo son mis besos de verano?
-Algunos son como brisa, los siento tiernos y frágiles, otros son como cualquier lluvia, moderados; pero cuando hay tormenta te siento tan presente, tan tú, como si llevaran mucho tiempo sin llover, y el cielo se desplomara entero sobre mí, entonces te vuelves cascadas, luego ríos y deltas, hasta ser un océano en el que me ahogo de ti.
Angélica me besó espontáneamente.
-¡Que llueva todos los días!; ¿pero, y en otoño?
-En otoño las hojas caen, los árboles se desnudan lentamente y la hojarasca yace en el suelo como si fuera ropa. Así tú te desvistes, eres como las ramas más delgadas de un roble o un ciprés, y en el piso de nuestro cuarto se quedan los vestigios sin forma de lo que te cubría; luego tu otoño me contagia y ambos admiramos y amamos las vetas de nuestra madera.
Angélica suspiró, y en sus ojos vi el resumen de cada momento de aquellas estaciones. Ese fue el último otoño en que estuvimos juntos, todo lo nuestro se empezó a deshojar, a resquebrajar, volaba en un maldito desorden hasta hacerse nebuloso, el invierno estaba próximo, ya venían las frías cimitarras del tiempo y los atardeceres sombríos.
Una última fotografía nos muestra en la sala de la casa. Ella casi recostada y abrazada a mí. No se observan nuestros rostros, yo lloraba y me secaba las lágrimas en su cabello, ella se abandonaba en mis brazos, llorábamos por la muerte de nuestros corazones y la consecuente imposibilidad de estar juntos. La noche casi se cernía absoluta, una tenue luz azul inundaba la pieza. Llorando y estática, Angélica parecía de piedra blanca, de marfil, porcelana o arcilla, tan delicada, tan fracturada, tan perdida en la oscuridad. Recuerdo como solía ser, como un ángel entre sueños imprecisos, como una sílfide o náyade que apenas se entrevé para desaparecer en el bosque, al margen de un río, o diluirse en el aire.
-Me voy –Dijo ella entre sollozos.
Silencio.
-Dime algo.
(No puedo decir nada) Pensé.
-Dime algo, tu silencio me mata más, bésame.
Y mis labios estaban fríos, salados por nuestras lágrimas.
-No te detengas –Me dijo cuando quise decir algo.
-¿Y ahora? –Le dije.
-Nada –Respondió,- me tengo que ir, ya no digas nada, solo ámame.
¿Qué es, al fin y al cabo, una noche? Podría definir todas las de mi vida menos aquella, el marco ideal para preguntarse, para pensar, despedirse, llorar o morir, pero esa noche, fue la noche para descubrir el dolor en su connotación voluntaria, la claridad en litigio con las sombras.
-…deslízate –Fue lo último que Angélica me dijo cuando moríamos uno del otro y uno en el otro.
Desde su partida, la casa ha quedado abandonada, desierta, como si algo elemental le faltase. Cual antiguo galeote encallado, la arena, el tiempo, los resabios, la han ido cubriendo. En los pesados cortinajes se esconde las palomillas, en algunos muebles ya hay polillas, las páginas de los libros se están volviendo amarillas, las goteras aumentan, los ángulos de los cuartos repiten Angélica, atrapados en las telarañas, sus besos se han ido cubriendo de polvo y sustancias. El techo se agrieta, las vajillas se enmohecen. Las enredaderas se insinúan en las tejas y paredes, la loza se ennegrece. Las ratas buscan rutas, orinan en las cenefas y roen todo lo que encuentran: mis memorias, otras fotografías y los cables. Detrás de los muebles hay crisálidas de las que nacen grandes mariposas negras y peludas, yo, también todos los días salgo de una crisálida nueva, un poco más curado que el día anterior de la ausencia de Angélica.
Si tan solo tuviera las palabras adecuadas para haberla retenido, ella era todo lo que yo quería, no había nada que necesitara más, tan solo ella, genuina, sin ningún atavío especial, siempre la sentí tan dentro de mí, empero; ¿de que sirven estas palabras si aún duele?, hay que asumir y aceptar el dolor, si no, duele más y mientras duela, dolerá, y aún duele al contemplar las fotografías de Angélica, ¿pero si no soy yo quien lo viva, quien?, ¿si no es ahora, en donde?, ¿si no es de esta manera, entonces como?, tal vez sea necesario para crecer, para hacerse más fuerte, para sentirse extrañamente vivo y saberse frágil, como prueba de se siente, que se tienen sentimientos y la capacidad de ofrecerlos, que aún se está aquí.


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